Antes
de la llegada del Fundador Gonzalo Jiménez de Quesada en 1538, Bogotá estaba habitada
por las culturas Chibcha y Muisca, quienes tenían como principal personaje de su tribu,
al Zipa que era casi un dios. La ubicación Chibcha se extendía por: Bogotá, Tunja,
Iracá, Tundama y Guanetá; con una población de 2 millones 300 mil de habitantes que
dominaban los alrededores de Fusagasugá hacia los 4 grados de latitud norte y llegaban
hasta las comarcas de los guanes, en los contornos de la actual San Gil. La extensión del
territorio Chibcha se calcula en 30 mil kilómetros cuadrados. La Sabana de Bogotá con
sus 150 mil hectáreas fue el asiento de la más poderosa de las organizaciones chibchas.
ORGANIZACIÓN SOCIAL
En la cúspide estaba el Zipa, en
segundo lugar los sacerdotes, en tercer lugar los guerreros, cuarto lugar los
comerciantes, en quinto los artesanos y en sexto los esclavos.
MATRIMONIO, FAMILIA Y SUCESIÓN
Los hombre eran polígamos, el
Zipa podía llegar a tener hasta 300 esposas, el adulterio era castigado con la muerte y a
las mujeres adúlteras se le sometía a duros castigos.
Entre Chibchas y Muiscas
prevaleció la línea matrilineal para la sucesión de los jerarcas; el heredero del
Cacique tenía que ser el hijo de una hermana suya. Para los Chibchas la virginidad era
vista como una carencia de valor y respetabilidad, las mujer vírgenes eran vistas como
impuras, para la sucesión del heredero se estableció el Código de Nemequene, que
consistía en que los sucesores naturales eran los primeros beneficiarios de los bienes
del Cacique, al mismo tiempo este código establecía normas protocolarias muy rígidas.
FINAL DE LAS CULTURAS MUISCA Y
CHIBCHA
Los principales protagonistas de
este periodo fueron Aquiminzaque, último Zaque de Tunja y Quemuenchatocha, Zauqe de Unza.
El final comenzó con las
rivalidades entre el Zipa y los Zaques, batallas feroces causadas por invasiones de
diferentes tribus en las cuales los guerreros eran llamados Quechas. El conflicto era
esencialmente entre los reinos de los Bogotaes, contra los Tagaos, Panches y
Fusagasugaces, también contra el reino del Zaque de Tunja y contra los Caciques de
Ubaté, Zipaquirá y Guatavita.
DENOMINACIÓN DE LAS PALABRAS
CHIBCHA Y MUISCA
Se especula que la palabra Chibcha
traduce lo más universal de estas tierras y la palabra Muisca viene de Muexca que
significa hombre.
Se especula que la palabra Bogotá
viene del término Bacatá, que significa final de los campos. Otros dicen que viene de
Bogote que era uno de los títulos dados al Zipa.
FUNDACIÓN DE
BOGOTÁ
La expedición de Quesada llegó
por el norte invadiendo los pueblos de la sal, que eran Nemocón, Tausa y Zipaquirá; el
22 de marzo de 1537, Quesada y sus hombre tuvieron ante sí el espectáculo sabanero,
llegaron a Chía y el 5 de abril a los Cerros de Suba.
La expedición estaba conformada
por 750 hombres, de los cuales 166 eran soldados. Desde Suba Quesada divisó una
empalizada que se llamaba Muaquetá o Bogotá, y que desde 1819 se llamó Funza.
En busca de esmeraldas y oro el
recorrido de la expedición conquistadora se extendió por Tunja, Sogamoso, Neiva y
Bogotá; después de someter a los indígenas y llenarse de riquezas Gonzalo Jimenez de
Quesada procedió a la fundación de Bogotá, comenzando con 12 ranchos pajizos y una
Iglesia situada en la Plaza de la Hierbas, el que es ahora el Parque de Santander, llamada
la Capillita del Humilladero, allí Fray Pedro Simón realizó la primera misa de Santa
Fé de Bogotá.
Aunque se ha puesto en duda la
fecha de la fundación se dice que fue el 6 de agosto de 1538, y que la Fundación
Jurídica de Santa Fé se realizó el 27 de abril de 1539.
La dualidad que representaron
estas dos fundaciones trajo inicialmente como consecuencia un inconveniente fenómeno de
bipolaridad, ya que mientras el centro de la ciudad era la Plaza de las Hierbas (sitio del
mercado), el centro oficial era la Plaza Mayor. Esta situación se mantuvo hasta que en la
década de los 50 el obispo Juan de los Barrios, impulsó el traslado de los centros de la
urbe hacia la Plaza Mayor.
Los fundadores Belalcázar y
Ferdermán partieron para España provocando que Quesada también lo hiciera y dejara su
territorio en manos de su hermano Hernán Pérez de Quesada. Quien creó un caos de
tierras opuesto a cualquier sano concepto de población.
Después de la partida de Quesada
quedaron en Santa Fé unos 100 españoles, entre quienes se repartieron unas 25 manzanas
de 4 solares por cada una. Los solares que circundaban la Plaza Mayor estaba dividido en
78 secciones cada una.
Durante mucho tiempo hubo dentro
de la ciudad lotes sin edificar, esta disponibilidad de tierra tuvo varias ventajas:
Permitió el
autoabastecimiento de varios productos agrícolas
Permitió la cría de animales
para consumo familiar
De estas crías y cultivos se
derivaron importantes ingresos para los moradores de las casas.
La Plaza Mayor estaba enmarcada
por ríos que bajaban de las montañas, seguían su curso en declive y producían cauces
muy profundos, convirtiéndose así en barreras naturales causa de la construcción de
puentes.
Siendo los ríos barreras
naturales por largo tiempo, las únicas vías de acceso y salidas fueron los puentes de
San Francisco, San Agustín y San Victorino. Este factor resultó muy ventajoso en cuanto
a que le permitió un control eficaz sobre el recaudo de contribuciones derivadas del
ingreso de bestias y otras mercaderías.
En cuanto a las calles como hoy
puede observarse fueron trazadas con un esquema rectangular de manzanas cuadradas. Desde
el principio se implantó la medida de 100 metros por cada cuadra, las calles de travesía
(oriente-occidente), tuvieron 7 metros de ancho y las actuales carreras 10 metros.
BOGOTÁ REPUBLICANA
La independencia no
significó un cambio radical en los que respecta al urbanismo de Santa Fe: su traza, el
tejido urbano, el paisaje urbano continuaron conservando el aire que tenía durante el
siglo XVIII. Incluso se puede afirmar que se retrocedió con respecto al impulso
urbanístico que traía la ciudad al finalizar la Colonia. Al menos hasta las últimas
décadas del siglo XIX Bogotá conservó el ambiente de ciudad colonial administrativa y
de servicios, destacándose los trajes negros, la vida cotidiana y las fiestas religiosas.
El crecimiento físico fue
bastante lento, en 1900 la ciudad había crecido un 60 por ciento, con respecto al área
que tenía en 1810, mientras que la población había aumentado cinco veces; este
crecimiento se hizo a costa de la ocupación de los intersticios de las casas y solares
coloniales.
Bogotá conservó su
característica de ser mediterránea, al igual que durante la Colonia, a pesar de la
integración al mercado mundial. Las corrientes innovadoras y de cambio, la inversión y
la migración extranjera no tocaron la capital. Todo esto pesó para que la herencia
colonial urbanística se mantuviera sin mayores cambios. Pero la densificación del
espacio colonial creó nuevas presiones sobre los servicios públicos, la salubridad y el
abasto alimenticio, lo cual provocó un deterioro de la calidad de vida Bogotana. En
contraste con el deterioro físico de la ciudad, Bogotá se convirtió en epicentro de las
ideas políticas republicanas y desde la capital se divulgaron los nuevos principios que
sustentaron la organización de la República.
La opinión pública divulgada a
través de los periódicos y panfletos, manifiesta por medio de los partidos político, en
buena parte convirtió a la capital en un hervidero de pasiones, de tal manera que el
espacio urbano se volvió el escenario definitivo de la confrontación política.
TRAZA URBANA
La primera consecuencia de la
separación de España fue el cambio de nombre: Santa Fe fue suprimida y quedó Bogotá,
con un claro simbolismo republicano y laico. Pero la traza permaneció, manteniendo su
significado colonial: los barrios continuaron coincidiendo con la distribución
eclesiástica y se mantuvieron las cuatro parroquias: La Catedral, Las Nieves, Santa
Bárbara y San Victorino.
ARQUITECTURA
El paisaje urbano no presentaba
mayores cambios frente a lo que había existido durante la última etapa de la Colonia. En
el siglo XIX, la arquitectura bogotana continuaba siendo modesta y en ella predominaban
las casas de un piso y paredes gruesas. Eran contadas las construcciones con algún ornato
especial: a principios de siglo los palacios arzobispal y de gobierno eran los únicos que
contaban con chimeneas. Raras eran las ventanas con vidrios, lo general eran los postigos
de madera y las rejas. Las construcciones de dos pisos solían tener balcones; por lo
general, el segundo piso era utilizado como vivienda y el primero se destinaba al alquiler
donde funcionaban las tiendas y talleres.
Durante el gobierno de Tomás
Cipriano de Mosquera, en 1847, la Plaza Mayor cambió su nombre por Plaza Bolívar y
seguía siendo el centro de tertulias, especialmente en el altozano de la Cátedral.
En1849 los liberales la bautizaron Plaza de la Constitución , pero se vulgarizó la de
Bolívar por la estatua de Tenerani. La Plaza de San Francisco los liberales la
rebautizaron Plaza de Santander, nombre que conserva.
El 20 de julio de 1847 se colocó
la primera pedra del Capitolio Nacional, obra encomendada al arquitecto Tomás Reed,
primer edificio público que se inició en Bogotá. En ese mismo año Juan Manuel Arrubla
terminó de construir las Galerias, de 103 metros de frente y tres plantas, edificación
que llegó a ser la mejor muestra de arquitectura civil de la época. En 1847, el
gobernador provisional Pastor Ospina intentó poner un poco de orden al crecimiento de la
ciudad y propuso al Concejo Municipal el primer plan de desarrollo urbanístico que
conoció la ciudad, en el cual se sugirió la extensión del casco urbano hacia el
occidente de la pila de San Victorino en una línea de mil metros con igual medida a lado
y lado, con la seguridad de que los dos siglos siguientes la capital tendría hacia donde
crecer. El Concejo desatendió la propuesta.
SANTA FE EN 1850 Y EFECTOS DE LA
DESMORTIZACIÓN
La ciudad presentaba un acentuado
proceso de subdivisión de las construcciones coloniales, generalizándose las tiendas,
fuente de renta para los propietarios de las casas. Las tiendas eran locales sin ventanas
donde se acomodaban, vivían y trabajaban pequeños comerciantes, artesanos, sin elementos
de higiene.
Diversas clases sociales
compartían el espacio urbano, no jerarquizado, en diferentes condiciones. Según el censo
de vivienda de 1863, en Bogotá había 2.633 casas y 3.015 tiendas. El hecho de que
existieran más tiendas que casas fue tal vez causa importante de la morbilidad de la
ciudad.
La primera reforma urbana que
experimentó la ciudad fue el resultado de la aplicación de la desmortalización de
bienes de manos muertas en 1861. En Bogotá y la Sabana el valor de los bienes
desmortalizados alcanzó el 57 por ciento de la totalidad de bienes enajenados en el
país. Todos los diez conventos y monasterios de Bogotá pasaron a manos del Estado: Santo
Domingo, San Francisco, San Agustín, La Concepción, El Carmen, Recolectos de San Diego,
Santa Clara, Santa Inés, La Candelaria y La Enseñanza.
En 1819 ya había sido estatizados
el de los Capuchinos, en 1821 Las Aguas y en 1844 el de San Juan di Dios. Con esto el
Estado se eximió de construir los edificios para cuarteles, oficinas, cárceles,
facultades, a efecto de acentuar el carácter colonial que tenía la ciudad. Esta
facilidad, además de la pobreza del Estado, llevó a que Bogotá careciera de
arquitectura pública de significación hasta bien entrado el siglo XX.
INFRAESTRUCTURA URBANA
Uno de los cambios que hay que
resaltar en el mejoramiento del equipamiento urbano de la capital fue la construcción del
cementerio público. Durante el periodo colonial los muertos se enterraban en los templos.
Para superar esta situación, dentro de los esfuerzos de modernizar la ciudad, en 1827 el
Ayuntamiento entregó al párroco de la Catedral el terreno recién comprado para el nuevo
cementerio. Y paralelamente Bolívar dictó decreto que ordenaba enterrar a todos los
muertos en el cementerio público. Pero de hecho sólo fue hasta la muerte de Santander en
1840 que se aceptó el uso del camposanto.
El servicio de alcantarillado no
era de los fuertes en la administración de la ciudad, a comienzos del siglo XIX no era
frecuente la costumbre de construirá pozos sépticos y por ello la mayoría de los
habitantes terminaban arrojando en las calles los detritus orgánicos. Las necesidades se
hacían en los huertos o en las orillas de los riachuelos. En 1861 Cordobés Moure,
nuestro gran cronista de esta época, registraba los extremos a que se llegaba para
satisfacer algunas necesidades naturales.
Con cierta tardanza la ciudad
acometió la construcción de una red de alcantarillado, según las normas higiénicas de
la época. La primera parte del alcantarillado subterráneo, cubierto con bóveda de
ladrillo, se construyó en 1872 a lo largo de la actual calle 10 entre la Plaza de
Bolívar y las carreras 10 y 11. Pero la oposición era grande, debido a los temores de
los bogotanos. Un periódico de 1877 llamaba la atención sobre varios peligros.
En 1888 se inauguró el primer
acueducto que utilizaba tubería de hierro. En 1897 ya había en servicio 2.763 plumas
particulares de agua, además de 115 plumas en las fuentes públicas y pilas para aquellos
que carecían de conexiones domiciliarias.
El servicio de alumbrado público
era tan deficiente como los basuras y agua. Fue la Junta de Comercio creada en 1855 la que
instaló un alumbrado con faroles de reverbero y un cuerpo de serenos. Luego en 1867 esta
junta empezó a instalar lámparas de petróleo en las principales esquinas. Desde 1889 se
fundó la Compañía de Luz Eléctrica de Bogotá, con pésimos resultados. El 7 de agosto
de 1900 los Samper inauguraron el primer servicio de alumbrado eléctrico bien organizado,
serio y permanente con que contó la capital.
El transporte público se demoró
en aparecer en Bogotá y realmente fue ya a finales del siglo pasado cuando empezaron a
aparecer algunos sistemas de transporte colectivo. Esto es comprensible si se recuerda que
la capital era una ciudad pequeña, donde los recorridos a pie solucionaban las
necesidades de desplazamiento.
De otra parte, había una
limitante causada por las sequías y conductos de agua y por ello desde 1844 y hasta 1877
se prohibió la circulación da carruajes por las calles de la ciudad, en razón de los
daños que causaban en los acueductos.
En este año se permitió solo la
circulación de carruajes de resorte para transporte de personas. En 1882 se organizó una
agencia de coches de servicio público, la primera línea regular de vehículos
colectivos. El tranvía tirado por mulas se inauguró el 24 de diciembre de 1884 por la
empresa norteamericana The Bogotá City Railway Company. Los carros, construidos en
Filadelfia se trajeron desarmados en cajas y los rieles eran de madera revestidos con
zunchos. Ocho años después se instalaron los rieles de acero traídos de Inglaterra. La
primera línea del tranvía recorrió la carrera séptima desde la Plaza de Bolívar hasta
San Diego, allí a partir de la actual calle 26 tomaba el llamado Camino Nuevo, actual
carrera 13, hasta Chapinero. La tarifa era de 10 centavos.
En 1892 se inauguró la línea que
unía la Plaza de Bolívar y la Estación de la Sabana. El uso de coches de alquiler
tirados por caballos se reinauguró en 1896, para regocijo de los cachacos.
SURGIMIENTO DE LA CIUDAD MODERNA
Cuando Bogotá comenzaba a vivir
el siglo XX, el tono de la vida revestía mayores contrastes que ahora. Los contrastes que
existían entre la vida y la muerte, la pobreza y la riqueza, la alegría y la tristeza,
eran muy grandes. Las diferencias entre los grupos sociales se hacían muy notorias, algo
ostentosas, especialmente en el vestir, a causa de que el traje era todavía una forma de
distinguirse socialmente. Todos los actos públicos estaban acompañados de un rígido
ceremonial que buscaba darles un realce y valor a estos acontecimientos, cuando la
mayoría de ellos difícilmente lo tenían. Sin embargo, desde fines del siglo XIX las
transformaciones modernas empezaron a dejarse sentir en Bogotá. La traza urbana, la
cuadrícula hispana heredada de la Colonia se comenzó a desdibujar en los bordes de la
ciudad y ésta inició su atención hacia el norte y el sur: Chapinero y San Cristóbal.
Aparecieron los procesos
especulativos del suelo urbano, con la densificación del centro. Hasta los años veinte
se construyó con las técnicas mestizas de la albañilería española y la cultura
indígena. Luego hicieron su aparición el cemento, el hierro, el vidrio, con lo que
cambió el paisaje urbana sustancialmente. Los campanarios de las iglesias dejaron de ser
las edificaciones más altas, para ser reemplazadas por los bancos, nuevos símbolos del
progreso. La sustitución arquitectónica estuvo acompañada de cambios en el transporte,
con la introducción del tranvía y el automóvil. La red original de calles se alteró
con la construcción de avenidas y el paisaje urbano adquirió otro aspecto con los postes
y las redes eléctricas. Aunque se mantuvo el uso del espacio público, en el privado hubo
cambios sustanciales. El siglo XX recibió a Bogotá en la parte central con una
estructura similar a la colonial y en la periferia con el surgimiento de los arrabales:
«... en tanto que uno viaja hacia
el este y asciende el Cerro, las casas son cada vez más y más pobres hasta que se Ilega
a los barrios bajos, en donde las paredes de adobe, los techos de paja, la suciedad y los
olores son la regla. Las condiciones de la calle en esta parte de la ciudad son
simplemente ofensivas»:
Un viajero francés,
DSpagnat daba un testimonio de lo que encontraba a su paso por Bogotá, mostrando la
dureza de los contrastes que presentaba esta ciudad:
«Todo lo que hay de rico y
elegante permanece agrupado y esa calle real y en sus alrededores... la calle Florián, la
plaza de Bolívar, la de Santander, gran centro de diversiones y negocios... Hay en toda
esa gente -muchos pobres-, que sólo parecen estar ahí para que se puedan añadir ceros a
las estadísticas una masa innumerable que no cuenta, que nada posee, cuyos medios de
subsistencia me parecen problemáticos y que no llenan con su desamparo los arrabales mal
definidos que confinan con el campo.
Todos los negocios, toda la
política, todo el arte, en una palabra, toda la vida de la Bogotá que piensa y actúa...
se concentra entre las manes de unas cincuenta familias conservadoras que arrancaron esa
misión a otras tantas familias liberales».
Este cuadro de duros contrastes
tenía su correspondencia en las condiciones de vida. Los higienistas comenzaban a clamar
por reformas que permitieran respirar mejor a sus habitantes. Se guardaban esperanzas con
el proceso de crecimiento de la ciudad hacia el Norte, Chapinero, y el Sur, San
Cristóbal. Pero rápidamente comenzó un notable crecimiento en diferentes direcciones.
Desde la segunda década se inició la inauguración de nuevos barrios y la venta de lotes
aparecía, a juicio de las autoridades, con un ritmo excesivo. También empezó por
entonces la expansión de la ciudad a dirigirse hacia los cerros del oriente. Leo S. Koppl
fundador de Bavaria, otorgó generosas ayudas a los obreros de la cervecería para que
adquirieran terrenos en el sector oriental, dando origen a un barrio que Inicialmente se
llamó «Unión Obrera» y luego La Perseverancia.
A principios de la década de los
veinte había en Bogotá 18 barrios obreros cuyas condiciones, en términos generales,
eran muy precarias. Esta expansión urbana estuvo acompañada de trabajos de saneamiento
de sectores populosos como el Paseo Bolívar, en las estribaciones de Monserrate, la
canalización del río San Francisco, y se creó la Junta de Pavimentación y
Construcción del Alcantarillado, la cual puso manos a la obra con tanta diligencia como
improvisación debido a lo cual hubo numerosos problemas por la rotura de las calles.
Era el momento en que la ciudad
crecía aceleradamente por sus tres costados. La población aumentó de 21.394 habitantes
en 1801 a 100.000 en 1905 y a 200.000 en 1927, con la correlativa expansión en el área
pues entre 1905 y 1927 Bogotá creció 3,6 veces en su tamaño. Por otra parte, la ciudad
empezaba a presentar ciertos rasgos de cosmopolitismo y un afán a menudo desmesurado e
irreflexivo por suplantar las viejas construcciones coloniales por edificaciones modernas.
Aunque este no era el verdadero problema, siendo el principal el surgimiento de los lotes
de engorde Y las urbanizaciones apresuradas y carentes de servicios que comenzaban a
proliferar. A pesar de esta expansión, el déficit de vivienda continuaba elevado.
Por otra parte, la ausencia de
planificación era total y sólo en los años sesenta puede decirse que los problemas
urbanos de Bogotá recibieron un tratamiento técnico y moderno.
Al Ilegar la Población capitalina
a medio millón de habitantes en 1946, se imponía la planificación a largo plazo.
Apareció la preocupación por proyectar con la presencia del urbanista Corbusier, quien
presentó un plan piloto para la ciudad. En 1951 se expidió el decreto municipal por el
cual se adoptó el plan piloto de la ciudad y se trazaron normas generales sobre urbanismo
y servicios públicos.
Pero, a pesar de estos esfuerzos,
la expansión de la ciudad seguía en forma incontenible. En la década del cincuenta se
iniciaron grandes urbanizaciones como el barrio El Chicó, el Centro Antonio Nariño, la
Autopista del Norte y edificios como el Hotel Tequendama, el Banco de la República, el
Aeropuerto de El Dorado, la carrera 10a, la Avenida Ciudad de Quito, la ampliación y
reconstrucción de la Avenida Caracas y el diseño de la Avenida de los Cerros.
El acelerado crecimiento de
Bogotá incidió de manera dramática sobre el déficit habitacional. En 1960 se calculaba
un retraso de 22 años en la construcción de vivienda. Para solucionar en parte esta
situación, en 1961 se inició la construcción de Ciudad Kennedy. Sin embargo, esto no
solucionó el déficit anotado, apareciendo las urbanizaciones ilegales como otra forma de
solución, en medio de la marginalidad legal.
En 1967 quedó confirmada Bogotá
como sede del Congreso Eucarístico, lo cual Ilevó al alcalde Virgilio Barco a trazar un
plan destinado a terminar algunas de las obras que comenzó el alcalde Gaitán Cortés e
iniciar otras para la modernización de la ciudad, como la Avenida 68, la calle 19 y la
carrera 30