El cacique Marizagua gobernaba a los indígenas guayupes,
asentados en los Llanos Orientales, a la altura del camino que conducía desde Bogotá a
los Llanos. Cuando en 1555 Juan de Avellaneda obtuvo el permiso para buscar minas de
oro en ese territorio, logró establecer contacto con el cacique Marizagua por intermedio
del cacique de una región más cercana a Bogotá, perteneciente a la encomienda de Juan
Gutiérrez de Aguillón.
El cacique Marizagua no sólo aceptó sujetarse al control
español, sino que intercedió ante Yayay, Quere y Camaxagua, señores principales de la
región, para que también se sometieran. La facilidad con que se obtuvo el control sobre
estos indígenas sorprendió al cronista fray Pedro de Aguado, quien analizó las causas
de la actitud de los indios. Según el cronista, fueron muchas las expediciones que
pasaron por ese territorio: Jorge Spira, Nicolás de Federmán, Hernán Pérez de Quesada
y Felipe de Utre.
El paso de las huestes significó para estos grupos la ruina y
la destrucción, por cuanto no sólo guerrearon con ellos o tuvieron que alimentarlos,
sino también porque "...en aquel tiempo se hacían esclavos a los indios, y además
de esto [los europeos no tenían casi por escrúpulo matar ni maltratar ni cargar ni
sacar de los naturales los indios [por lo cual] fueron estos pobres guayupes muy
arruinados y destruidos". Este caso muestra cómo fueron debilitados aquellos grupos
que tuvieron que tolerar el paso de las huestes españolas, incluso si éstas no decidían
asentarse en la región, fundar una ciudad y distribuir los indígenas en encomiendas.