Identidad y mujer; género y sexo

Publicado el 08 de marzo del 2018

Identidad y mujer; género y sexo

Identidad y mujer; género y sexo

Por: Ricardo García Duarte, Rector Universidad Distrital Francisco José de Caldas. 

En los tiempos que corren, el pensar en la mujer como categoría humana, y en su lugar en la sociedad, remite inevitablemente al tema del género; y éste obliga a traer el sexo a colación.

Género y sexo son dos dimensiones de la persona, que van de la mano, pero en ningún momento son una y la misma cosa.

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Al hablar del género, que etimológicamente quiere decir engendrar o producir, es natural que se evoquen tanto el campo gramatical como el campo del sujeto. Se refiere a una clase de cosas o de personas, a un tipo de ellas; pero también a los accidentes que conducen a la masculinidad y la feminidad.

Ya en la formación del individuo, tiene que ver entonces con su sexo, pero no se confunde exactamente con este último.

El género es la pertenencia a una clase de sexualidad; mientras tanto, el sexo es el sustrato natural de esa sexualidad, de ese género, que es en principio feminidad o masculinidad; es la anatomía genital, la configuración biológica y orgánica de otra dimensión que hace parte de la personalidad del sujeto; su sexualidad; su género.

Así, aunque están vinculados estrechamente, género y sexo, son categorías, cada una con su especificidad, su lógica propia, como lo ha remarcado Judith Butler.

El género es pertenencia a un grupo; es inscripción dentro de una taxonomía cultural; dentro de una clasificación social; esto es, pertenencia a la masculinidad o a la feminidad. Y es, por lo tanto, una identidad civilizatoria; aquella que se puede referir por ejemplo a una forma simbólica de construir ese ser masculino o ese ser femenino; más allá de que el sexo de cada sujeto corresponda materialmente hablando a una mujer o a un hombre; con todas sus implicaciones psicológicas y biológicas; con sus deseos y apetencias; con sus atracciones y roles reproductivos.

Más allá de estos últimos, de los deseos e impulsos reproductivos, efectivamente emerge el género, en tanto campo en el que se construyen unas identidades, por cierto más profundas y duraderas que las políticas; quizá, más íntimas que las ideológicas. Son las que tienen que ver con una cultura de la sexualidad. Es decir: las que remiten a los comportamientos casi inmanentes, tremendamente enraizados, de las inclinaciones propias de nuestra sexualidad. Como si estuvieran pegadas al sexo que le tocó a cada uno; cuando en realidad tienen mucho que ver con construcciones culturales; no con diseños moleculares, inevitables en cada órgano genital; no con disposiciones biológicas, fatal y deliciosamente concurrentes.

El género como construcción simbólica

El problema tiene que ver, al contrario, con dispositivos culturales repetidamente activados, en medio de una reproducción incesante de identidades, las mismas que suponen unas relaciones de poder, alojadas en las profundidades de la pertenencia a un género.

Se trata de la construcción de una masculinidad y una feminidad, en tanto espectros culturales de una artificiosa superioridad del hombre, del macho. En otras palabras, una construcción social de alcance milenario, fundada en un patriarcalismo, brutal o sutil, agrio o dulcificado, violento o caballeresco, que implica diversas modalidades del sometimiento femenino.

De esa manera; el deseo, perteneciente al nivel básico del sexo, ha terminado atrapado en el engranaje disimulado de la división de roles entre la mujer y el hombre; una división que confinó a aquella, cuidadora, maternal y preservadora de la estirpe, a unos nichos y lugares que han reproducido el poder del orden machista.

Evocar, hoy, el día de la mujer, la fecha conmemorativa de sus luchas, es apelar a sus resistencias y también a sus resiliencias colectivas; es convocar el fantasma de su revolución; una revolución desarmada que recorre el mundo; la de las reivindicaciones ciertamente favorables a la igualdad social frente a la injusta distribución de privilegios que inclinan la balanza del lado del hombre; pero más que eso es una revolución equivalente a una transformación de alcances civilizatorios, que subvierte al machismo; y que descompone la división patriarcal del trabajo. Que como diría la propia Judith Butler, enfrente la distinción “entre las normas y convenciones que permiten a la gente respirar, desear, amar y vivir, y aquellas normas y convenciones que restringen o coartan las condiciones de vida”.